Noticias y Eventos
Podrá visualizar o descargar el Libro de Semana Santa.
todas las noticias
Bosquejo histórico de la Semana Santa de Águilas
Sabemos que en la época fundacional de nuestro pueblo (1765-1800), los franciscanos de Lorca, por Pascua Florida, llegaban a esta Marina de las Águilas para administrar los sacramentos de la Penitencia y Eucaristía tanto a la guarnición del Castillo de San Juan, como a la veintena de trajineros del puerto que en esa época de embarques procedían de la ciudad de Lorca. Era lo que se denominaba “Cumplimiento Pascual”.
El Jueves Santo, después del Oficio
de “Tinieblas”, salía el Vía Crucis de la pequeña ermita de San
Juan en las faldas del monte de la fortaleza, donde los asistentes
compungidos portaban un Crucifijo que presidía el altar del recinto
sagrado. Recorría el solar entre las dos playas de Levante y Poniente
y en este ambiente de Penitencia, el grupo de un centenar de personas,
recibían los sacramentos recomendados por la Iglesia en sus cinco
mandamientos.
      Cuando el Rey Carlos III dio su
Real Cédula de Noviembre de 1785 que confería a la nueva población
del puerto de las Águilas una jurisdicción de siete leguas, segregada
del vasto territorio del Concejo de Lorca, la pequeña ermita se
trasladó a un almacén más amplio en la actual calle del Coronel
Pareja. Fue a principios del siglo XIX cuando se estableció el culto
de La Soledad y Nuestro Padre Jesús Nazareno, ambas imágenes de
autor desconocido, las cuales eran portadas con gran veneración
por el vecindario aguileño durante el tiempo de Pasión. La advocación
de la Soledad se cambió a mediados del siglo mencionado por la de
Los Dolores cuando se inauguró el nuevo templo parroquial de San
José en diciembre de 1853.
      Por esas fechas, coincidiendo con el
bum minero, y el auge económico del pueblo, las procesiones pasionarias
tomaron una merecida brillantez. Además de la Dolorosa y nuestro
Padre Jesús, se añadieron la de San Juan Evangelista, que acompañaba
a la de los Dolores camino del Calvario en la luminosa mañana del
Viernes Santo en los primeros rayos de Sol. Allí en las cuatro esquinas
últimas del pueblo camino de Lorca, se encontraba con el Nazareno
en su Vía de Pasión. En la tarde anterior, esta bella imagen, destruida
en 1936, se había trasladado a la ermita del Monte Calvario, que
también fue demolida en aquellas infaustas calendas del primer verano
de la Guerra Civil. La procesión, desde entonces se denominó como
la del “Santo Encuentro”. A hombros de sus cofrades, el apóstol
Juan saludaba al Nazareno y de inmediato volvía a la Madre Dolorida
para decirle con su dedo índice que por allí pasaba su Hijo con
la Cruz a cuestas. El pueblo emocionado y lleno de sentimiento,
presenciaba la escena que representaba la IV estación del Vía Crucis.
      Gracias a José Ignacio Pintor, llegó a
mis manos la fotografía más antigua. Su autor, fue su suegro D.
Agustín Muñoz García, que en los años de la Primera Guerra Mundial,
regresó de Londres con una cámara de gran precisión. Agustinito,
como así lo llamaban familiarmente, se convirtió en un excelente
reportero gráfico de las Águilas de antaño, siendo sus predecesores
el ingeniero inglés D. Gustavo Gillman, el cartagenero D. José Carrillo,
maestro del inolvidable D. José Matrán y D. Jorge Román, dos de
los más aventajados fotógrafos en calidad de estudio y laboratorio.
No olvidamos a D. Enrique García Frías, gran aficionado a este arte
que tanto impactó a nuestros mayores, y que compuso una colección
de postales populares como lo hizo también D. Agustín a comienzos
de los años veinte del pasado siglo.
      Volviendo a las
primeras procesiones cuando en 1855 se declaró la Virgen de los
Dolores como Patrona local, a la caída de la tarde de la Feria Sexta
de la Domenica de Pasión (Viernes de Dolores) la Imagen salía a
la calle con su sencillo trono portado por pescadores que la llevaban
al Puerto de Poniente para que bendijera a la mar de sus sudores,
fatigas y ambiciones. Ya el rostro lívido de la Dolorosa era iluminado
por la luz temblorosa de los cirios que portaban en tulipas de cristal
la peana del trono.
      Mas esta procesión del Viernes de Dolores tan
arraigado en la población no fue la primera, pues la semana anterior,
en el conocido Viernes de Lázaro, la magnifica talla de Nuestro
Padre Jesús Nazareno, en andas de sus devotos, recorría las calles
altas del pueblo mientras que los fieles rezaban las catorce estaciones
del Vía crucis, imitando de esta forma piadosa, la primera manifestación
de fe en los primeros albores de los inicios del poblado aguileño.
Con la inauguración del puerto en 1886 y del ferrocarril inglés
cuatro años más tarde, las procesiones descritas tomaron un auge
considerable. Nos consta que la familia de los Grises y de los Romero
Morales, ambos apellidos originarios de la época fundacional desde
1770 en adelante, eran los encargados y mayordomos de las imágenes
de los Dolores y de Jesús Nazareno, respectivamente.
      Coincidiendo
con el desarrollo de los años ochenta del siglo XIX se añadieron
a nuestras procesiones la cofradía del Santo Sepulcro, o Paso Negro,
desgajado del Paso Morado, cuyo primer Mayordomo fue D. José Sánchez,
oficial en las oficinas de las Obras del Puerto. Jesús Yacente,
era tan venerado en los primeros tintes oscuros de la noche del
Viernes Santo, que todo el pueblo con cirios en sus manos acompañaba
a su trono en un profundo silencio, mientras que mujeres piadosas,
se santiguaban, hincando sus rodillas a su lento paso. Ese fue el
inicio del desfile procesional del Santo Sepulcro. El color negro
de su paso nos dice el carácter fúnebre del mismo. Desde aquel entonces
(1890) es el titular de la procesión del Viernes Santo nocturno.
La procesión mañanera tenía por esas fechas por titular Nuestro
Padre Jesús Nazareno y María Santísima de los Dolores. Otra cofradía
se unió a la comitiva procesional como fue la de San Juan Evangelista,
cuyo mentor D. José Lajarin Fortún, ejercía el cargo de Notario
Eclesiástico y Sacristán de la parroquial de San José. Desde entonces
se conoce como el Paso Blanco.
      Volviendo a décadas anteriores, el
sacerdote Don José María Romero, uno de los presbíteros primigenios
de Águilas, junto con D. Jacinto Gris, costearon la ermita del Barrio
Jesús (hoy Las Yucas) y pusieron como titular a Jesús caído por
el peso de la cruz, en 1840, cuando al templo parroquial de San
José le faltaba trece años para su bendición e inauguración. Alrededor
de ese ermitorio, los empleados y mineros de la fundición Iberia,
hacían lo propio en aquel tiempo de pasión.
      Hubo un tiempo que aquí
en Águilas igual que en Cuevas, se hacía a lo vivo la subida de
Jesús Nazareno al monte Calvario. Pero el que representaba al Nazareno,
conocido como “el Maestro Señor” se enfadó porque en su caída fue
maltratado por aquellos que figuraban como sayones judíos y la cosa
terminó un tanto tensa. Así terminó el auto vivencial del Vía Crucis
en la mañana del Viernes Santo.
      Durante los años de la República
(1931-1935) en las procesiones hubo un impass, pues además de la
recesión económica, el laicismo reinante no era propicio para esta
clase de manifestación religiosa. Continuaba la salida de los tronos
a la calle, pero el esplendor de entonces, se vio oscurecido por
la pobreza de recursos de la población y por los ataques cada vez
más furibundos del régimen republicano en su lado más izquierdista
mantenido por el Frente Popular, victorioso en las elecciones del
16 de febrero de 1936. No solo se suprimió las procesiones pasionarias,
sino que el toque de campanas se condenó al silencio más estricto.
Y cuando estalló la guerra civil en Julio de ese año del treinta
y seis, todo lugar de culto fue asaltado y salvajemente destruido.
      Con la llegada de la paz, el domingo de Ramos (2 de abril de 1939)
se ofició una Misa de Campaña en frente de la desvalijada Iglesia
de San José. Antes en una camioneta se trasladó la imagen de la
patrona vestida con un traje apolillado sirviendo como manto una
cubierta de cama. Luego el Viernes de Dolores, en un viejo trono
se procedió a la procesión, asistiendo todo el pueblo de Águilas,
agradecido a su Virgen porque de nuevo la contemplaban en su recorrido
tradicional después de la espantosa contienda civil.
      Con los duros
años de la posguerra, donde el hambre, las enfermedades y miserias
de toda índole, muchos de los cofrades que intentaban resucitar
las antiguas procesiones, se las vieron y desearon para sacar de
nuevo los titulares de las distintas cofradías. El Paso Azul, su
apoyo y sostén fue “Miguelico el de los Barcos”, un carpintero de
Rivera que puso todo su empeño y capital para que la Patrona tuviera
un trono y acompañamiento digno en su recorrido procesional. Incluso
adquirió un precioso manto en sustitución del viejo que se hallaba
comido por la polilla. El Paso Morado lo llevó su hermano Antonio
Navarro, siendo camarera del Paso Morado, su hermana Magdalena;
en cuanto el Paso Blanco, se hizo cargo el comerciante D. Juan de
la Verdad, que posteriormente adquirió para la Hermandad la talla
actual de San Juan Evangelista, obra del imaginero D. José Noguera.
Referente al Santo Sepulcro, estuvo a cargo el antiguo alcalde monárquico
Don Rafael Rostán. Menos la talla de la Patrona, las demás imágenes
tuvieron que ser adquiridas. Eran de escayola y de cartón piedra,
sin ningún valor artístico. La penuria de los tiempos no daba para
otra cosa. Los nazarenos participantes iban con pobres túnicas de
percal y como cíngulo unas rústicas cuerdas de esparto y como calzado
las consabidas alpargatas.
      En la primera década de la posguerra
(1945), tuvieron la fe y el optimismo cuatro amigos aguileños (Carlos
Marin, Andrés Fernández Corredor, Guillermo Muñoz y Pedro Mª Martí
Carbonell) de crear una nueva Cofradía bajo el título de Cristo
Atado a la Columna o de la Sangre, en ese tiempo cuando la gente
se moría de tuberculosis por el flagelo del hambre. Al contemplar
estos amigos la magnificencia de las procesiones de Cartagena, pensaron
que su pueblo también debía de tener una cofradía semejante a la
de la ciudad Departamental. Su empeño se llevó a cabo cuando en
ese año apareció por las calles de Águilas el Paso Encarnado, que
causó admiración en el pueblo por su rica vestimenta, incluidas
sus capas de raso y el paso marcial de sus nazarenos a semejanza
de los desfiles pasionarios cartageneros.
      Unos años más tarde, gracias
a la labor del impresor D. Luis Alarcón tuvo lugar en la media noche
del Jueves Santo, la conocida Procesión del Silencio, totalmente
distinta de la anterior, pues si la primera Cofradía de la Sangre
tenia un aire barroco y renacentista, la segunda llamada del Silencio,
mostraba tintes de Penitencia y austeridad extrema.
      Otra novedad
de este periodo metido ya en los sesenta fue los primeros pregones
tan característicos del tiempo de Pasión. Al principio se proclamaban
en la Casa de Acción Católica, siendo D. Antonio Sánchez Cáceres
y D. Antonio Chazarra Gallud los pregoneros que inauguraron esta
clase de eventos. En la actualidad se sigue esta proclama después
de la Misa Solemne en la mañana del Viernes de Dolores en el templo
parroquial de San José.
      Para mayor información sobre el acontecer
de la Semana Santa aguileña, las distintas Hermandades, adscritas
al Cabildo de Cofradías, han compuesto cada una un somero dossier
histórico de la mismas, quedando bien patente que debido al esfuerzo
y entusiasmo de sus componentes, han logrado contra viento y marea,
que nuestras procesiones sean comparadas con las mejores de la Comunidad
Autónoma, por lo tanto es de justicia que sean declaradas de Interés
Turístico Regional.
      Antes de finalizar esta reseña histórica de
nuestros desfiles procesionales, quiero reafirmar el carácter netamente
espiritual de los mismos, siendo exponente de la fe de un pueblo
que al contemplar el rostro y las manos abiertas de su Virgen Dolorosa,
el lívido semblante de Jesús Nazareno, su Cuerpo divino bañado en
Sangre por los azotes o el cadáver exánime del Redentor en su Paso
del Santo Sepulcro, vive con profunda fe, la Pasión, Muerte y Resurrección
de Nuestro Amado Señor Jesucristo.
Luis Díaz
Martínez
Presbítero, Cronista Oficial de Águilas y Miembro
Correspondiente de la Academia de Alfonso X
El Sabio de Murcia.